• 28 julio, 2022

¡Mujer! (Jn 20, 11-31)

Por: P. Juan Solana, L.C.

Fuente: Magdala.org

En esta ocasión quisiera volver a una consideración que nos ofrece el evangelio de San Juan, en ese pasaje maravilloso que es el encuentro de Jesucristo Resucitado con la Magdalena. Les invito a releerlo y a saborearlo en algún momento de silencio y de oración.

Y quiero detenerme hoy sólo en un pequeño detalle: la primera palabra que sale de la boca de Jesucristo Resucitado es ¡Mujer!, dirigida a María Magdalena.

Si consideramos que así se expresaba Jesús hablando a su madre o hablando de su madre, debería sobrecogernos la emoción de pensar que con la misma expresión se dirige a la Magdalena. Si reflexionamos en el hecho de que Jesucristo está renovando la creación entera con su resurrección, confieso que me electriza pensar que Jesús tenga en la punta de la lengua, tras el evento más importante de la historia, y aún fuera de la historia, -repito- Jesús tiene la palabra “Mujer” en sus labios y en su corazón. ¿Acaso está retomando Jesucristo la historia de la Creación, y rehaciendo o recreando esa historia a partir de otra mujer, María de Magdala, en representación de aquella primera Eva?. No es poco el que Jesús haya escogido este momento del Domingo de Pascua, estas circunstancias y esta palabra, para sacudir el corazón dolorido de María Magdalena por el escándalo de la Pasión, para resucitar en su corazón la esperanza, el amor y la fe en “su maestro”, su “Rabboni”. Pero entender esas palabras de Cristo a la Magdalena en términos simplemente de ternura para con una mujer justamente desolada y triste, sería desvirtuar, y desleír el acontecimiento. Hay que leer este pasaje en términos de una nueva creación que se inaugura con la Resurrección. Que aquí los personajes sean Cristo y una mujer es legítimo verlos como el equivalente de aquella primera pareja original: Adán y Eva. Esta suele ser la interpretación de los Santos Padres: Cristo el nuevo Adán, y la Mujer,  especialmente la Virgen, aunque no exclusivamente,  la nueva Eva.

En el apelativo genérico “mujer” que le da Cristo a María Magdalena, parece estar Cristo contemplando a la mujer primigenia, y a todas las mujeres. Si la Resurrección completa la creación, se puede decir que también lleva a perfección lo que inicialmente fue la idea de Dios: de hacer del hombre y de la mujer una unidad de personas, dentro de una diversidad de funciones. Si quisiéramos hacer antropología diríamos que en el hombre original había una gran carencia que él no podía remediar: la soledad, y la inseguridad. Por eso Dios se inventó la mujer que remediara aquella deficiencia congénita del hombre. La mujer será siempre la columna que sostendrá a un hombre amenazado de soledad y de inseguridad.  Por ello, María Magdalena es un icono para todas las mujeres.

Siguiendo la interpretación bíblica atribuida al nombre, (la “mujer” para quien el marido es su señor) Jesús aquí se muestra como el Señor de la mujer, de todas las mujeres. Nadie tendrá ya “dominio” sobre ellas, sino Jesucristo. Él las libera de los condicionamientos históricos asociados con su condición de mujeres, y les hace agentes a la par de los hombres de su obra de redención.  Y sobre este reconocimiento, el Reino de Cristo es una empresa a llevar a cabo todos juntos, en comunión de misión, de función, y de esfuerzo.

San Pablo en la carta a los Efesios (4,4-14) celebra este  señorío divino, y la unión, y la igualdad de todos bajo ese señorío divino. Y lo hace en términos elocuentes y motivadores:  “Esforzándonos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados.

Un Señor, una fe, un bautismo.

Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos.

A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia según la medida del don de Cristo…y él ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

Sobre estas bases sí podemos hablar de la dignidad de la mujer a la par con la del hombre; de la vocación trascendente, de la inviolabilidad de sus derechos y de la llamada de Dios a heredar la vida eterna en igualdad de condiciones que el hombre. En todo caso, cuando la Biblia habla de la mujer sometida a su marido, no es un caso relativo exclusivamente a la mujer. La nueva condición en que nos ha situado la fe en Cristo es la de vivir sometidos unos a otros por amor, a ejemplo de Cristo.  En este nivel, ya no hay hombre o mujer, esclavo o libre, Judío o griego; sino que todos somos uno en Jesucristo (Cfr. Gal 3,28).

Ojalá que en este mes de julio María Magdalena siembre en los corazones de todas las mujeres esta dignidad de sentir que nadie más es “su Señor” fuera de Jesucristo; que todos somos en Cristo siervos, unos de otros.   Que nuestros ojos vayan de Jesucristo Resucitado a María Magdalena ida y vuelta. Allí se realizó la elevación de la naturaleza humana a un nivel de fraternidad: “ve y anuncia a mis hermanos y hermanas”;  y a un nivel de paternidad divina compartida: “subo a mi Padre ya vuestro Padre”.  Son palabras de un final de historia divina y humana maravillosa. De hecho, no volveremos a encontrar a María Magdalena en las narraciones evangélicas, pero seguro fue ella una profunda evangelizadora en la Iglesia primitiva, por lo cual el Papa Francisco nos recordó que Jesús le asignó el “oficio del apostolado”. No fue una petición puntual, sino un oficio, algo permanente, que cualificó su vida, su tiempo, sus cualidades, todo su ser. “Ella fue y dijo he visto al Señor y ha dicho esto”.

Oremos: María Magdalena, repite a nuestros corazones hoy el mensaje de Jesús, recuérdanos que lo viste, que lo abrazaste, y que transformó tu corazón para siempre.

Desde Magdala, patria de Santa María Magdalena, muy unidos a la comunidad de Legionarios de Cristo, de Consagradas del Regnum Christi, de voluntarios y a todo el personal, les hacemos llegar una cordial felicitación en esta fiesta de nuestra amadísima patrona. Queremos invitarlos a escuchar la canción “Eres Nueva”, inspirada en María Magdalena, la primera canción de Magdala Music, el nuevo Ministerio de Música de Magdala.

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